© Manuela Sousa

LA SIERRA DE SERPA

EN OTRA ÉPOCA FUE EL MAYOR TERRITORIO COMUNAL DEL PAÍS

un territorio fronterizo al sudeste del concejo, por donde serpentean los ríos Guadiana y Chanza. Un gigantesco baldío de cerca de 40.000 hectáreas que se mantuvo así a lo largo de siglos, y que fue parcelado “a escuadra y cartabón”, lo que resultó en una curiosa rejilla superpuesta sin ninguna relación natural con el terreno, una manta de retales perfectamente visible con las diversas líneas y colores aportados por las diferentes opciones de prácticas agro-silvo-pastoriles de sus propietarios.

EN LA SIERRA DE SERPA

 

hace poco más de un siglo, se situaba una tierra comunal (el baldío de Serpa) delimitada al norte por Aldeia Nova de São Bento, al sur por el concejo de Mértola, al este por el arroyo de Chanza y por Vila Verde de Ficalho y al oeste por el río Guadiana. Este territorio serrano está compuesto por relieves ondulados, suelos pobres y pizarrosos; estaba cubierto por maleza natural que fue desapareciendo debido a la presión de la agricultura intensiva.

La accidentada Sierra de Serpa era un extensa superficie de encinas, alcornoques y vegetación arbustiva donde predominaba la jara, el tomillo, el romero, el brezo, el lentisco, el jaguarzo, el madroño, etc. Durante seis siglos, el uso común de la leña y pastos convivió. 

© Google Earth, Sierra de Serpa

En los documentos forales de la Villa de Serpa consta que, habiendo presentado los habitantes a D. Dinis la gran ventaja que supondría para el concejo el establecimiento de fábricas de cera, el rey concedió a tal fin un fuero suplementario, denominado “Os Maninhos da Serra“. Como consecuencia de esa concesión del establecimiento de colmenas, se demarcaron los límites en los que se había de establecer cada grupo, incluyendo el pasto para el ganado del aire (abejas) y las margaritas (plantas silvestres), que allí crecían en abundancia. El compromiso obedecía a la creación de una cerca para resguardar las colmenas (muro-apiario) y casa para que la habitara el apicultor. El área de los muros determinaba el número de cilindros que podían llevar. Muchos muros-apiarios edificados en tapial y piedra, utilizados para proteger las colmenas de los depredadores, están construidos sobre afloramientos de pizarra o en sus proximidades, lo que permitió reducir el esfuerzo/coste en el transporte de la piedra empleada para construirlos. 

En 1406, por orden del rey D. Manuel, fue preciso regular el uso de los terrenos de matorrales y se emitió la orden denominada “Aranzel das malhadas”, que obligaba a los colmeneros a respetar el número máximo de 400 colmenas por malhada (colmenar).


El choque entre el derecho privado y los usos comunes del baldío se acentuó en los siglos XVII y XVIII. La apicultura estableció una buena relación con el pastoreo y la agricultura, en un proceso simbiótico que era destruido por la práctica incendiaria de las rozas para ganar tierras, acentuada a partir de 1690 con la institución del Celeiro Comum de Serpa (Granero común), cuyo crecimiento productivo y económico se logrará a costa de las tierras comunales.


A finales del siglo XIX, en 1897, se publica una propuesta para crear una Colonia militar agrícola y disciplinaria en estos terrenos tan aislados y aún poco productivos. Pero la presión ejercida sobre el municipio para permitir el uso del baldío era cada vez mayor, tanto por la escasez de cereal en el país y el aumento de la población local, como por la caída de los ingresos por el repetido impago de los fueros antiguos. Iniciado el proceso, rápidamente llegan al ayuntamiento de Serpa disputas entre vecinos y juntas municipales y la oposición soberbia de los grandes propietarios. 

En 1906, se inicia, finalmente, la desamortización del mayor baldío del país, que rápidamente se reveló desastrosa para los pequeños agricultores y lucrativa para las grandes familias latifundistas, cuyos capitales les permitirían ir comprando las pequeñas parcelas rápidamente arruinadas.

Pasado el fulgor de las primeras épocas de cultivo del cereal, los suelos, pobres, agotados, no tenían rentabilidad en la dimensión de las parcelas –que, contra toda lógica sana y natural, fueron definidas en una cuadrícula geométrica por un constructor de obras públicas de Serpa–, y, así, de esta ilusión mercantilista y colonizadora,

resultó la destrucción de los pastos comunales y fue afectada la riqueza secular de las abejas (llamadas “ganado del aire”) y sus colmenas, cuyos colmenares solo recientemente han vuelto a tener el número y valor económico de épocas más antiguas.

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